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Artículo escrito por Javier Mozas, investigador y miembro de la ADEF.

Recuerdo la primera vez que, convocado por Jorge Guarro por mi doble condición de miembro de Junta Central Fallera e investigador de la historia de nuestra fiesta, acudí a una reunión para tratar la inclusión de la fiesta de las Fallas en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Se había constituido una Comisión, formada por un equipo multidisciplinar con personas de ambas universidades valencianas, expertos y varios componentes de JCF, y coordinado por el mismo Jorge Guarro.

La decisión de que fuera para Patrimonio Inmaterial choca a primera vista con los posibles contenidos del expediente en que todo fallero (y valenciano) podría pensar en presentar. Y las reuniones dieron sus frutos para acabar plasmando sobre el papel toda una serie de elementos tradicionales y patrimoniales que, sin ellas, no tendríamos esta fiesta tan diferente del resto, como así lo ha reconocido la UNESCO.

Una fiesta que está presente en casi 140 localidades de nuestra Comunidad Valenciana -divididas en poco más de 1.000 comisiones falleras-, y extendida a otras provincias, países y continentes. Y con un marcado carácter intergeneracional donde en un mismo colectivo de miembros de varias generaciones de una misma familia y personas de distinta procedencia social que se integran dentro del colectivo, mantienen y difunden los actos y actividades que se han convertido en rituales, principalmente la plantà y la cremà, en simbiosis con su entorno urbano.

Donde el elemento principal y diferenciador de nuestra fiesta es la FALLA, con la creatividad de los artistas falleros que garantizan con su trabajo la transmisión de sus habilidades y profesión. Y acompañados por nuestras bandas de música, y las collas de tabal i dolçaina; las manifestaciones pirotécnicas propias de nuestra tierra como lo son la mascletà y la despertà con su máximo exponente a recuperar como es el tro de bac; la literatura fallera particularizada en la poesía festiva y el género exclusivo fallero del apropòsit; y la recuperada indumentaria tradicional valenciana con los complementos realizados por los orfebres y otros artesanos.

Todo esto hay que salvaguardarlo para nuestros descendientes y seguir dándolo a conocer a todos los que nos visitan, para que año a año podamos seguir celebrando nuestra fiesta. La UNESCO va a velar, no porque algo se cambie de fecha de celebración, sino que efectivamente se realiza ese acto de generación en generación y se adapte de manera dinámica a la sociedad actual. Que efectivamente acogemos a todos los que quieran por igual sin exclusión por cualquier concepto. Que los políticos y sus instituciones tienen la obligación de seguir apoyando y potenciando nuestra fiesta, siendo algunos ejemplos la declaración de la misma BIC y de museo el Museu Faller. Y que como pueblo sabemos valorar y mantener nuestras tradiciones.

Sin duda, el primer beneficio que tendrán las Fallas es que serán más conocidas a nivel internacional, gracias a este “sello de calidad” que han recibido, y que permitirá llegar a un turismo de calidad que busca fiestas con elementos patrimoniales. Y a largo plazo debería ser que todos los políticos se implicaran en mantenerla y promoverla.